Ciencia, arte y filosofía.

Me encantó desde el primer momento en que la oí. Fue mi profesora de quiropráctica la que hablando en las primeras clases nos introducía en la historia de la ciencia de los ajustes del cuerpo. Es ciencia, decía, por los conocimientos que se necesitan para practicarla. Es arte, por el largo aprendizaje que requiere. Y es filosofía, por la particularidad en la visión del animal.

Yo observaba que en cualquier práctica veterinaria había ciencia, por supuesto, y mucha, cuanta más, mejor. Había arte, ni que decir tiene. Una buena cirugía es una obra de arte. Una toma de muestras es arte en sí misma. El paso de una consulta es el dibujo de una gran obra de arte basada en el conocimiento y en la práctica. Lo que verdaderamente distinguía la práctica de la que nos hablaba era su concepto filosófico. La inteligencia innata del cuerpo.

Y hablamos sobre la expresión de esa inteligencia innata a través del sistema nervioso y de cómo si se expresa plenamente, el cuerpo tenía la capacidad de recuperación y de expresar el potencial de la salud y de la vida.

Terminamos el curso, la verdad, sin demasiada práctica personal, y cada uno de nosotros fue lanzado al mundo como las tortuguitas que nacen en la arena y van corriendo al mar, a probar el destino donde nos llevarían las corrientes. Muy poco tiempo después tenía noticias de compañeros que recorrían España realizando ajustes quiroprácticos con grandes logros, afamados y reconocidos por jinetes y amazonas que retroalimentaban sus comentarios en las redes. Y mientras yo seguía intentando sentir, percibir y averiguar en qué lugar se había producido el complejo de subluxación vertebral. De verdad, ¿no iba a pasar de ahí?

 

Me propuse seguir palpando y sintiendo, acariciando el tejido y percibiendo, observando el desenlace como un espectador, sin espera, sin anhelo y sin juicio, sorprendiéndome en cada sesión con la respuesta del cuerpo de cada uno de los caballos. Sin saber más que…ni hacerlo mejor que…Sólo haciéndolo, sintiendo y observando.

 

Esta práctica asentada en cada instante, en la presencia, en la aceptación, desarrolló mis sentidos como si se tratara de un amplificador. Mínimos detalles se presentaban tan evidentes de repente. No sólo los sentidos que conocemos y llamamos así, como la vista o el tacto, también los sentidos que van más allá y conectan corazón con corazón. Sentir al caballo, sentir el cuerpo del caballo y sentir tus manos recorriéndolo y tomando sus propias decisiones, sin saber si las acompaña alguna lógica, para descubrir más tarde que el camino que eligieron tiene la base científica que necesitas para explicar lo sucedido.

Un viaje de ida y vuelta.

Pero el viaje es de ida y vuelta. La mayoría de los caballos tienen su sistema nervioso saturado, por entrenamientos, por domas, por vueltas y vueltas en clases que no se acaban. Sus sentidos están dormidos y las señales de alarma empiezan a sonar. Hay que resetear el sistema colapsado porque no puede recibir más señales, integrarlas y elaborar la respuesta adecuada. Las respuestas empiezan a ser las erróneas – mi caballo, de repente, ha empezado a tragar aire – a portarse mal – a no querer que le ponga el filete – a dar botes cuando le pido el ejercicio. Me entristece el “de repente”. ¿Dónde estabas cuándo empezó a pedir tu ayuda? Dios mío, cuanta razón hay en aquella frase de “el cuerpo grita lo que la boca calla”. Y los caballos callan tantas cosas que su cuerpo no deja de gritar.

Pongo mis manos sobre su cuerpo y puedo sentir las chispas del cortacircuito. Respira, no pasa nada, sólo voy a tocarte, no te estoy pidiendo nada, sólo te toco. La mayoría de los caballos en estado de cortacircuito tardan un poco en creerse que realmente no les pido nada y que sólo les voy a tocar. Pasada esa fase, ya puedo entrar un poco más en su tejido y poner calma en su interior, llamado activar el sistema nervioso parasimpático. Ya respiramos tranquilos, ya no temblamos, ya aceptamos, aunque no nos lo creamos del todo todavía.

Y es a partir de ahí cuando su sistema nervioso comienza a restaurarse, a despertarse como si hubiera tenido una sesión de mindfulness, despierto y tranquilo, en estado de quietud atenta y respondiendo a los estímulos de forma ordenada.

Mis sesiones fueron más allá de la quiropráctica, se convirtieron en un diálogo con el cuerpo del caballo, con el tejido, con la fascia, con él. Me presento, con mi cuerpo le pido permiso, con mis manos pido su confianza, estoy atenta a su respuesta. – Ahí no, no importa, ahí no te toco, pero tal vez podamos empezar por aquí, y luego ya veremos, según avance nuestra cita. Mientras palpo tu cuerpo, te siento. A veces voy más allá de tu confianza, y te pido perdón por mi osadía, retrocedo y voy algún paso más atrás, para volver a empezar. Ya no es quiropráctica, ya no es masaje, ya no es acupuntura, ya no es terapia miofascial. Qué difícil es decir lo qué es y más aún explicarlo en pocas palabras.

Es poner orden en tu cuerpo para permitir tu recuperación e invitarte a que así se produzca.

 

Marga

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